jueves, 18 de octubre de 2007


Yo soy aquel que tiene muchos nombres y muchas formas…

mi padre y mi madre me dijeron mi nombre;

permanece oculto en mi cuerpo desde mi nacimiento,

para que ningún poder mágico pueda ser adquirido por quien quisiera echarme un maleficio

-Ra

La luz del viejo candelabro de seis brazos proyectaba su tenue luz al esmirriado individuo, el cual se posaba encorvado sobre el gran escritorio atiborrado de manuscritos con extrañas inscripciones, raras tintas recolectadas en inverosímiles lugares y objetos cada uno más fantástico que el anterior. Los quevedos brillaban por reflejo de la luz y los vivaces ojos de su portador. Ante él se encontraba una copia de una estela egipcia perdida hace siglos. En todo ese galimatías había un secreto codiciado por los más conocedores de la antigua magia egipcia, considerada la más antigua y poderosa, predecesora de la cábala, el gnosticismo, la alquimia y la hechicería de las civilizaciones que sucedieron al Egipto de los faraones.

El joven sentado ante tal descubrimiento se llama John Edwards III, noble inglés caído en desgracia y que por esta razón vivía en la casa de su acaudalado tío; Lord Powels, antiguo explorador y aventurero, ahora ya retirado en su apacible estancia en las afueras de Londres. Junto a ellos vivía la única hija de Lord Powels; la hermosa Lady Henriette, causa y fin de todas las ambiciosas investigaciones y búsquedas de John, las cuales eran financiadas placenteramente por su tío.

No obstante la amabilidad y grandes cantidades de dinero que su tío gastaba en él, John guardaba viejos rencores a sus anfitriones. La idea irracional de ser tratado como un pobre huérfano, recibido sólo por caridad luego de la muerte de su padre en una expedición al África; no haber conocido a su madre que murió en el parto, todo esto no significaría nada para sus fríos sentimientos, lo que nunca pudo superar fue el rechazo de su prima a sus urgencias amorosas, en las que él había puesto todos sus empeños y al ser desairado de esa forma, que el creyó cruel, juró en su interior vengarse de toda esa parentela que no sentía ningún amor por él.

Hacía un par de años que recorrió todos los museos de Europa y desiertos de África en la búsqueda de viejos manuscritos. Todo empezó un día en que su padre lo llevó a una de sus expediciones en 1892. Se unieron a Sir Flinders Petrie y Howard Carter para dirigirse a las excavaciones en Tell el-Amarna, la antigua Ajtatón, situado en la orilla oriental del río Nilo, al norte de la actual ciudad de Asiut. Esta antigua ciudad fue convertida por Amenofis IV en la capital del imperio y famosa por las 400 tablillas cuneiformes acadias encontradas por un campesino en 1887. La visión de estas tablillas y su antigua correspondencia, cambiaron completamente la vida del joven, decidiendo dedicarla a la búsqueda y traducción de viejas inscripciones.

Empezó a estudiar con el auspicio de su padre y averiguar acerca de los más grandes decodificadores de la historia, como ser Carsten Niebhur, que en 1777 publicó la primera copia correcta de la inscripción de Behistun. Luego seguirían Tychsen, Grotenfend, el filólogo danés Rask.y el británico Creswicke Rawlinson. Pero por quien sentía mayor admiración era el francés Jean François Champollion, que a los dieciséis años ya dominaba seis lenguas orientales, y que en 1821 empezó la traducción de los jeroglíficos egipcios, hazaña que logró gracias a la piedra de Rosetta, una estela de basalto negra encontrada por las tropas francesas en 1799 cerca de la ciudad de ese nombre, en las inmediaciones de Alejandría. Champollion logró la traducción comparando la inscripción con la grafía griega, al encontrar los cartuchos que representaban a Cleopatra y Tolomeo.

Actualmente John se encontraba más emocionado que nunca al llegarle las noticias del descubrimiento de la tumba de Tutankamón, pero no era por el oro y la importancia del faraón para la arqueología y la historia la excitación que sentía, sino por el hallazgo de Carter de una tablilla en ese sitio. Esta contenía, según le había explicado el mismo Carter a su tío, una vieja maldición contra los que entraran a la tumba del rey. Por supuesto, todo esto fue oculto a la prensa y nada se dijo, pero Carter envió una copia para su estudio, y John al ser un experto en jeroglíficos la tenía en sus manos. En ella se veía el cartucho que representaba al rey Tut con una amenaza a los profanadores que decía:

LA MUERTE GOLPEARÁ CON SU BIELDO

A AQUEL QUE TURBE EL REPOSO DEL FARAÓN

John concluyó de que en aquella tablilla estaban las claves para la realización de una maldición en tiempos modernos. Averiguó la composición de las tablillas de barro en la que eran escritos estos anatemas, junto a la composición de la tinta vegetal usada en ellas. Pero día tras día no llegaba a ningún lugar con los experimentos, luego de semanas y meses atrapado en su estudio llegó el día de la revelación: un día releyendo sus antiguos libros encontró un llamativo pasaje en las actas del proceso de la conjura del harén contra Ramsés III que le abrió completamente los ojos. En él, se describía que la maldición estaba contenida en la piedra misma, junto al nombre de la víctima, alguna posesión suya o directamente relacionada con la manipulación de un objeto consagrado. A esto le llamaban el rito de la destrucción del nombre, la peor maldición conocida, debido a que las fuerzas vitales se encontraban en el nombre secreto que cada hombre conocía en el día de su nacimiento, perdiendo así la protección de los dioses. Hoy en día esto casi ya no era de importancia, por que nuestros nombres están escritos en muchas partes y todos los conocen, pero en el antiguo Egipto, sólo los más eminentes sacerdotes conocían los verdaderos nombres de sus dioses, ya que al conocerlos podían invocarlos y obtener sabiduría o favores tal y como la actual demonología intenta hacerlo. Es por eso que los dioses han cambiado muchas veces de nombres o sólo son nombrados por sus cualidades o sobrenombres.

Luego de muchos intentos, John obtuvo la fórmula de la...tinta juntando raros ingredientes de especias casi imposibles de conseguir. El barro no fue difícil de obtener ya que tenía fácil acceso al Museo Egipcio del Cairo, del que había sustraído en su última visita una estela que una vez mas serviría de palimpsesto. Tenía listo su plan y decidió ponerlo en práctica lo más antes posible. Cierto día en que su tío había vuelto a Londres a hacerse un chequeo médico, John hizo llamar a Henriette para hablarle a solas. La delgada figura miraba como la doncella se acercaba por las veredas empedradas que se dirigían a su oscuro estudio. Pensamientos lujuriosos de venganza y deshonra se veían dibujados en el rostro macilento del individuo inescrupuloso. Desde el incidente en que le declaró su amor, Henriette ya no hablaba con él más de lo necesario, pero no lo hacía por maldad, sino para no darle más esperanzas en ese amor completamente prohibido para ella, criada bajo los más duros preceptos de la sociedad victoriana. Había sentido lástima por él, incluso había convencido a su padre, ignorante de todo esto, de que lo llevase en sus viajes para que así se olvidara de ella, y cuando pensó que al fin lo había logrado, era llamada para una solitaria conversación. El sirviente volvía una y otra vez a John con toda clase de excusas pero éste lo enviaba nuevamente para darle a entender la urgencia del asunto. Contrariada por la situación, no le quedó otro remedio que asistir a la entrevista. La habitación que ocupaba John se encontraba separada de la estancia principal por una corta vereda rodeada de álamos y a lo lejos levantando la vista mas allá de la verde campiña se podía divisar el mar. John no había podido soportar la espera y dio vueltas alrededor del estudio revolviendo nerviosamente sus manos, esperando la llegada de su prima. Sonó la puerta e ingresó Henriette acompañada de un criado y con expresión de disgusto.

-John, no me parece digno de un caballero –comenzó a decir rápidamente, para así acabar la reunión lo más rápido posible-, que me cites con tanta insistencia y que yo tenga que venir de esta manera…

El joven John, sintió el rápido palpitar de su corazón al ver a su amada sonrojada por el enojo y quedó petrificado por un momento sin saber que decir, luego de haber ensayado durante horas y horas, pero en este instante sólo sentía la necesidad de arrojarse a sus pies y suplicarle que lo ame. Pero no, él ya había sido humillado anteriormente y no volvería a suceder.

-Peter –dijo John al paje-, puedes esperar a la señorita afuera, necesito hablar con ella de algo muy importante.

El criado miró a la doncella y ésta con un gesto de su cabeza le señaló la puerta.

-Y bien, ¿de qué se trata todo esto? –increpó al joven.

-Bueno, Henriette –empezó a decir lentamente-, creo que tú sabes de que se trata todo esto. Quiero reafirmar el amor que siento por ti y pedirte que te cases conmigo.

La pobre damisela no podía creer lo que estaba escuchando, todo esto era una locura. Pero John ya había meditado sobre sus reacciones y antes de que ella dijera algo, él se adelantó:

- Hace un tiempo, me rechazaste y eso rompió mi corazón y causó que malvados sentimientos nacieran en mí. Pero ahora eso no volverá suceder, te explicaré el porqué…

Y al decir esto, tomó una pluma de ibis, la empapó en un tintero y con la otra sostuvo al viejo gato de la familia que dormía tranquilamente en un mullido sillón junto al escritorio.

- Aquí está Fuzzy –dijo John sosteniendo al gato que ya se había despertado del todo.- Observa, simplemente escribo su nombre en esta pequeña tablilla, claro que en jeroglíficos antiguos que son mi especialidad y ¡voilá!

Soltó al gato que corrió hasta la puerta y empezó a arañarla para poder salir al sentir que algo extraño le ocurriría.

- Henriette, si sigues obstinada en tu negativa, esto es lo que les ocurrirá a ti y a todos tus seres queridos.- En ese mismo instante, pronunció en voz alta palabras en un idioma desconocido para la muchacha y John lanzó la tablilla contra el piso, volando en cientos de pedazos. Inmediatamente el gato empezó a retorcerse de forma macabra mientras se escuchaba el crujido de sus huesos y lanzaba horribles chillidos de dolor… un instante después, estaba completamente rígido.

La visión de lo ocurrido casi hace desmayar a la pobre joven, por lo que busco apoyo en un diván y se quedó mirando horrorizada a su primo tratando de entender lo que no tenía explicación. Nunca había tomado muy en serio a John, al que consideraba un ser retraído, incapaz de amarla y que sólo deseaba tenerla por obstinación, pero ahora veía que estaba realmente obsesionado con ella.

- Realmente no esperabas esto, ¿no primita? – comenzó a decir John sibilítico.- ahora bien, esto es lo que quiero; en primer lugar nos casaremos –al oír esto Henriete, una sensación nunca antes percibida recorrió su cuerpo-, no creo que con una demostración como la que has visto tu padre esté en desacuerdo, segundo; mi tío me dejará como heredero de toda su fortuna y posesiones, y tercero, aunque debería ser primero; nadie puede entrar en mi habitación por ninguna razón. Creo que he hablado claro. Bueno, se ha hecho muy tarde así que puedes retirarte, mañana empezaremos a hacer los preparativos para nuestra boda…

Henriette salió de la habitación como un sonámbulo y se dirigió a la estancia sin decir ninguna palabra. Se acostó en su cama y entre lágrimas de miedo y rabia se durmió profundamente. Durante los siguientes días acompañó a John contra su voluntad, haciendo las compras para el repudiado matrimonio. Su padre no se había comunicado con ella desde que John le comunicara sus planes, por lo que sospechó lo peor y se enfrentó a él con la cara completamente húmeda por las lágrimas y entre sollozos le preguntó si él tenía algo que ver con la falta de correspondencia de su padre.

-Querida prima- comenzó a decir John tranquilamente –lamento decirte que tus sospechas son ciertas. Al día siguiente de nuestra reunión le envié una carta a tu padre explicándole todas mis pretensiones, pero su airada respuesta dejó en claro que no me creía y que no haría nada de lo que le recomendé por el bien de los dos. Por lo que desde ahora tú eres la dueña de todo este sitio, ya que el pobre tío no tuvo tiempo de cambiar su testamento.

La noticia fue demasiado para la pobre muchacha, desfalleciendo instantáneamente. Despertó un par de horas después, tendida en un sillón y encerrada en una habitación de su propia casa. Del otro lado de la puerta escuchó la voz de su primo:

No hay comentarios: