

En 1994, Robert Zemeckis con la colaboración del guionista Eric Roth en base a la obra escrita por Winston Groom, nos obsequiaron una bella pieza de realismo mágico, llevada al cine con el nombre de Forrest Gump, película ganadora de seis premios “Oscar” incluyendo mejor película, director, actor y guión adaptado. Forrest Gump que fue un gran éxito de taquilla y que efectivamente puede despertar entre los bolivianos, sensaciones de afecto o desafecto que hallan justificable fundamento, trata como muchos recordaran de un personaje cuyo simple sentido común, ligado a valores y conceptos de vida extremadamente sencillos, lo conducen por situaciones y vivencias igual de divertidas como trascendentes en la historia reciente de los Estados Unidos.La película tuvo excelentes críticas, sin embargo no es la intención del suscrito evocar todo el contexto y significado de la misma, aunque convendría recomendar a los lectores que gustan del cine su apreciación con un sentido mas bien crítico y analítico por las alegorías de vida que en ella se presentan de forma abundante. Me gustaría, sin embrago recrear una en particular: La escena que nos muestra a Forrest que sin un aparente motivo y solo empujado por un fuerte impulso de soledad, un buen día decide salir a correr, atravesando de esta manera su pueblo, su condado, su estado (Alabama) hasta llegar días después a la costa este de Estados Unidos, limitado por el océano, decide correr del otro lado hasta llegar a la costa opuesta y así apreciar nuevamente el mar; y como tenia ganas, seguir corriendo, comiendo según el hambre, durmiendo donde se le presentaba el sueño.
Convengamos que correr solo por el hecho de correr bajo nuestra lógica humana y “racional”, puede llevarnos a otorgarle interpretaciones distintas a la simpleza de Forrest, por lo que en la película primero pocos y luego muchos, son conducidos a pensar que en el recorrido de esta travesía se encontraba la llave de tantas interrogantes existencialistas. El momento culmen se presenta cuando Forrest, a la mitad del desierto, se detiene y ante la expectativa de sus “discípulos” que le habían acompañado en gran parte de su recorrido y que esperaban minimamente unas palabras que despejen sus interrogantes y que les brinde una línea por la cual dirigir sus vidas, se atreven a preguntarle (traducción mas, traducción menos) -Maestro que hacemos- ante lo que Forrest visiblemente cansado responde –no se ustedes; pero yo me voy a mi casa- concluyendo con la travesía, la escena y la presente alegoría.
Ciertamente el contexto es bastante cómico, sin embrago distanciándonos un tanto de él, me gustaría profundizar en los sentimientos que generó esta abrupta parada, entre los llamados discípulos de Forrest y que habían corrido con él, atravesando y soportando diversas situaciones igualmente bellas y adversas, llámese contemplar hermosos paisajes o difíciles condiciones climáticas además claro esta del esfuerzo del trote en si. Y a la hora de imaginar este sentimiento, resulta que es increíblemente sencillo. Cuantos de nosotros hemos corrido detrás de aquellos en quienes veíamos un claro liderazgo y que a la postre solo fue aparente, lo mismo se puede aplicar para aquello que llamamos sueños o aspiraciones y otros lo plasmaron como ideologías a las cuales dedicaron su vida entera.
No queremos decir con ello que la aparición de claros liderazgos que posibilitan el nacimiento de movimientos políticos es negativo, simplemente advertir la carencia de bases ideológicas o de un pensamiento y concepción integral respecto de todos los ámbitos de la vida que permita a los ciudadanos elegir de forma menos apasionada y mas objetiva hacia aquello que pueda beneficiarlos directamente y a los partidos supervivir a sus lideres o fundadores, construir verdaderas instituciones, que no dejen a la deriva a sus militantes, que limiten el transfúgio y que a la vez formen liderazgos a futuro en un país que realmente los necesita.
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