
A continuación tenemos el gusto de presentarles uno de los cien cuentos de la obra mas sobresaliente del italiano Giovanni Boccaccio (1313 – 1375), aclaramos que no fue elegido al azar, pero tampoco lo fue por su representatividad en la obra, “El Decamerón” presenta una serie de cuentos tristes, alegres e ingeniosos. Consideramos que es muy importante conocer este tipo de literatura y difundirla, y como tripulantes del Batiscafo no podemos omitirla sino mas bien propagarla, disfrútenla. La marquesa de Monferrato, con un banquete de gallinas y unas palabritas discretas, reprime el loco amor del rey de Francia.
… La reina, dirigiéndose a Fiammentta, que estaba sentada en la hierba al lado de Idóneo, le mandó que prosiguiera según el orden establecido, cosa que ella hizo con afable y risueño rostro:
- Complaciéndome que hayamos demostrado con nuestras historias la fuerza de las respuestas rápidas y oportunas, y entendiendo que los hombres de juicio eligen las mujeres de mejor linaje que ellos, y que por el contrario, las mujeres sagaces cuidan de no dejarse arrastrar por hombres superiores a ellas, deseo demostraros, amigas mías, con la narración que os voy a contar, como una mujer de alcurnia se alejo de ese peligro con buenas obras y palabras.
El marques de Monferrato era hombre de ensalzado valor y confaloniero de la Iglesia, habiéndose trasladado a ultramar en una incursión hecha por los cristianos a manos armada. Se hablaba de de su valentía en la corte del rey de Francia, quien se aprestaba también a partir en aquella misma expedición. Un caballero contó que no había pareja bajo las estrellas igual a la que formaban el marques y su esposa, ya que, además de gozar el de gran fama entre los caballeros, entre las mujeres resaltaba la marquesa, por poseer todas las virtudes. Estas palabras impresionaron de tal manera el animo del rey, que, sin conocer a la dama, se enamoro de ella fervientemente, proponiéndose que su embarcación no se dirigiese a otro punto que no sea a Génova, con lo que tenia muchas posibilidades de ver a la marquesa, y, además, de intentar satisfacer su deseo mientras el marido estuviese ausente. Con tal pensamiento, puso en practica el ardid, mandando adelante a todos sus hombres mientras él, con unos pocos, se dirigió a las tierras del marques, habiendo previamente advertido a la dama que le esperase al día siguiente para comer. Ella, discreta y viva, le respondió que le aguardaba y le dispensaría buena acogida. Luego fue meditando lo que podía resultar de todo aquel asunto, y qué interesaría al rey para efectuar aquella visita estando ausente su marido. No vaciló en pensar el motivo era la fama de su belleza, que le atraía. Pero, como mujer de bien que rea, decidió recibirle y honrarle, mandando llamar a los hombres que habían quedado con ella, y disponiendo todo lo oportuno, excepto el convite y las viandas, que preparó ella personalmente. Mando reunir a todas las gallinas de que disponían, y ordeno a sus cocineros que los platos que aderezaran fuesen todos de gallina. El rey se presento el día señalado y fue acogido por la marquesa con todos los honores. El la encontró sumamente hermosa y cortes, no dejando de admirarla y haciéndole grandes alabanzas y encendiéndose más y más al ver que la mujer respondía a cuanto le iba preguntando. Después de haber permanecido el rey de una cámara, haciendo reposos, llego la hora de la comida. El rey y la marquesa se sentaron a una mesa, disponiéndose los demás invitados en otros aposentos, según su calidad. Se sirvió al rey sucesivamente de los manjares previstos, juntamente con excelentes y valiosos vinos, experimentando gran placer en la cena, además de poder contemplar a la bellísima marquesa. Notó el rey, al ir sirviéndose los platos, que aunque todos eran distintos, tenían todos sabor a gallina. Como el conocía que en aquellos parajes había una gran variedad de caza, dijote asombrado a la dama:
-¿Señora, nacen en este país gallinas solamente, son gallo alguno?
La marquesa, que entendió muy bien la pregunta, juzgo que Dios le había concedido el momento oportuno para hacer notar sus intenciones al rey, y volviéndose a él, agudamente le dijo:
-No, mi señor, pero las mujeres, aunque en honores y vestido varían algo unas de otras, todas son aquí iguales que en otras parte.
El rey, al oír tales razones, comprendió el motivo del convite de las gallinas, y la virtud que se escondía tras las palabras de la marquesa, juzgando inútil todo lo que se le dijera. Y como no era el caso de emplear la fuerza, decidió, así como desacertadamente se había prendado de ella, extinguir ese malvado fuego. Sin decirle nada mas, temeroso de sus palabras, despidiéndose de toda esperanza, almorzó, y acabada la visita agradeciéndole los honores recibidos y partió.
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